Cleveland (Ohío), Estados Unidos 1940; Medellín 2008
Los cuadros de Ethel Gilmour son una invitación a un mundo mágico lleno de color. La alegría y la fluidez de sus imágenes, la simplicidad y la ingenuidad con que se presentan nos seducen con su combinación de inocencia y nostalgia.
Pero tan pronto registran los detalles del cuadro pasamos a una realidad más compleja, donde se entrometen factores fuera de nuestro control, donde esta misma vida de colores se ve amenazada. Hay una contrapartida, un contraste entre el mundo interior y el exterior. Esto se agudiza por la disonancia creada entre su estilo naive y las realidades violentas que describe.
La obra de Gilmour nos hace más concientes de nuestra vulnerabilidad, de la fragilidad del mundo que construimos a nuestro alrededor, precisamente en un esfuerzo psicológico para alejar lo temido. Hay una tensión latente entre su estilo y el contenido, entre la ternura y la violencia, entre nuestro mundo privado de interior y la cruda realidad externa. Estos cuadros equivalen a una llamada de conciencia, a un enfrentamiento con la realidad. La artista nos está describiendo con gran sutileza el estado interior que produce en nosotros la situación que actualmente se vive en Colombia.

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